
Las Utopías de Saturnino Flores
Poco sabía Saturnino Flores lo que estaba haciendo con su vida. A veces parecía tener sentido, pero la sensación era efímera y no tardaba en derrumbarse. Entonces recordaba aquella frase que hacía unas pocas semanas había leído como parte de la curaduría de la exposición del fotógrafo colombiano Leo Matiz, que había visto al visitar el antiguo Colegio de San Ildefonso en el Zócalo bullicioso de la Ciudad de México
“Logro armar utopías con la luz y la sombra. Pero la realidad desarma esas pequeñas torres de marfil en que me resguardo.”
Leo Matiz
En efecto, la realidad de Saturnino Flores derrumbaba su utópica sensación de estabilidad, de estar logrando algún progreso. Y ahora, mientras esperaba a que pasara el tercer Ecobus para llevarlo al monstruo corporativo de Santa Fe, volvía a buscar en su interior, aferrándose a su fe de que hoy, lunes, sí sería el día en que todo se definiría.
Ya varios lunes habían pasado, todos arrastrando la inminente pieza que faltaba para que el resto del rompecabezas quedara en orden, pero siempre siendo ésta la incorrecta. No obstante, la esperanza es lo último que se pierde, y por más que los lunes fueran devastadores, Saturnino Flores siempre volvía a agarrar energía de su mate, que ahora acompañaba sus solitarias y largas tardes en la extraña ciudad, o de aquellas fantasías que por más que intentara detener para no sufrir la cruda decepción de las expectativas inconclusas, siempre terminaban por formarse.
Muy bien vestido en la parada de bus esperaba. El tiempo extra, prevención del tráfico capitalino en pleno primer día de semana en la mañana, estaba agotándose para llegar a su entrevista. Incluso si el siguiente bus paraba y tenía un espacio para él, eso no garantizaba que fuera a hacer sus 24 paradas a tiempo y llegar en un record de 40 minutos, puntual, a su cita.
El joven de al lado, un chico pelirrojo con ojos de leopardo, amablemente había empezado la charla preguntándole si le urgía mucho llegar, a lo que Saturnino respondió que sí. Le planteó la posibilidad de que compartieran un taxi pues iban al mismo rumbo. Entre los cinco pesos que costaba el camión, ahora tendría que pagar al menos cincuenta por el taxi, pero de todas formas convenía para minimizar perdidas y no pagarlo todo él.
Justo cuando el joven leopardo consiguió encontrar uno vació, el camión apareció dando tumbos detrás. El joven se montó en el vehículo y se fue, pero Saturnino dudó al ver el auto detenerse en el semáforo. Corrió y tocó la ventana, haciendo ademán de subirse, pero al final su duda persistió y solo abrió la puerta para preguntarle si el bus que venía detrás lo llevaba a Santa Fe. El taxista y el joven respondieron al unísono que sí, que cualquiera lo dejaría en su destino. Entonces siguieron y el bus no paró, pasando de nuevo de largo, sin poder albergar a un ser humano más en su interior.
La duda le costó a Saturnino Flores unos diez minutos más tratando de encontrar un taxi vacío. Se había acabado el internet de su celular en reproducir música en una aplicación durante una tarde de amores con una chica que había conocido recién llegado a la ciudad. No tenía como pedir un carro con la aplicación de Uber, así que el taxi era su única opción, porque ni aunque otro camión se dignara a detenerse alcanzaría a dejarlo a tiempo. También le costó el precio completo del viaje cuando por fin pudo parar un vehículo. Afortunadamente el conductor era amable y simpático a su causa. Esa entrevista era su plan B y su plan X, de fallar solo quedaba la opción Z, aquella que no quería tener que tomar, volver a casa.
Llegó con tres minutos de retraso que pasaron desapercibidos, después de haber salido dos horas antes; quién diría que un trayecto dentro de la misma ciudad podría durar tanto? A eso quedaban los pueblos lejanos que de vez en cuando se animaba a visitar con sus amigos desde Medellín, como Guatapé, El Peñol o Santa Fe de Antioquia. En Ciudad de México eso era lo normal. Ya no estaba más en una ciudad pequeña, el tráfico de unas de las metrópolis más grandes del mundo era una aplastante realidad que no había más que aceptar, pues era él quien debía adaptarse a la dinámica y no viceversa.
La compañía, Plan B y Plan X en su lista de alternativas, era un espacio de creatividad moderno-minimalista, muy ad hoc con su onda de innovación. La entrevista comenzó con sonrisas cordiales y mantuvo un ambiente relajado, la chica que la condujo era apenas algo mayor que él mismo, empezando a vivir su veintena. Lamentablemente, al salir supo lo que ya de entraba sospechaba: el salario apenas le daría para vivir modestamente, teniendo en cuenta que su cuello estaba atado por la aplastante deuda estudiantil que siendo recién graduado cargaba.
Saturnino Flores tenía un espíritu viajero que muy lejos de casa lo había llevado en sueños y ahora en físico a lugares recónditos. Al llegar su último año de bachillerato sabía que tenía que escapar la dinámica de su mundo. Simplemente no encajaba en la expectativas ni las convenciones, y como nadie es profeta en su tierra, o al menos esa es la creencia en la suya, si iba a triunfar, tenía que ser afuera.
Fue reclutado por una de las mejores universidades de América Latina y no pensó dos veces en la posibilidad de que pagar el crédito educativo al graduarse fuera difícil. Por supuesto que tampoco le advirtieron que solo iba a contar con tres meses de gracia, y que a pesar del prestigio de la institución y de su alabada inteligencia, iba a salir, al fin de al cabo, como cualquier recién graduado más, sin corona y apuntando a la talacha.

Así que en esas estaba ahora, en otra parada de bus, esperando a que de nuevo el tercer camión se dignara a detenerse, para emprender el camino de una hora y media de regreso al cuarto de alquiler donde se estaba quedando. Una vez más tenía la aplastante intuición que ese lunes, como los tres que lo habían precedido, su vida no caería por fin en alguna forma ordenada que le permitiera establecerse.
Saturnino Flores entendió que su Plan B y Plan X no era muy viable ni sostenible. Podía empezar con ayuda de sus padres y subsistir austeramente, quizás pudiendo costear un cuarto en su barrio de sueño, La Condesa. Pero eso no compensaba la realidad de un horario laboral extenuante de 9 am a 7pm, más las tres horas diarias de trayecto, contando con la gracia de encontrar lugar rápido en el transporte público. Prácticamente no vería la luz del sol, y tampoco resolvería su situación migratoria, ni el seguro médico que no tendría presupuesto para pagar, suponiendo que lo contrataran a él y no a nadie más.
Pero no era una víctima, simplemente esa era la vida. Muy pocos la tenían en bandeja de plata en esa ciudad y ese mundo en el que siempre que miraba alrededor, veía a alguien en peores condiciones que él, luchándola más que él, arriesgando en el intento más que él. Esa era la realidad, no aquella burbuja de estudiante foráneo en que había vivido hasta hacía poco. Pero por más que las torres de marfil en que se resguardara colapsaran, siempre encontraba esperanza de nuevo en que la situación aún no tenía lo terrible de lo irreparable, como una vez le dijo su padre y desde entonces se quedó grabado hasta el final de sus días en su memoria.
Pasó el tercer bus, parando unos metros adelante, a lo cual Saturnino Flores corrió, subiéndose apresuradamente y preguntándole al chofer si lo dejaba en la parada del metro. Como la sincronización no era lo suyo últimamente, justo esa era la ruta que le exigía tomar metro y metro bus, alargando la travesía, pero era más conveniente aceptar en vez de seguir esperando por más tiempo que el siguiente conductor no se detuviera, como ya llevaba media hora haciendo.
Apretujado desde la esquina donde finalmente encontró un lugar parado, observó como el señor del frente tenía en su muñeca un reloj con las siglas PRD – Partido de Revolución Nacional – escritas. Probablemente se lo habrían regalado en alguna campaña política. ¿Cómo sería levantarte a esa edad, arriba de los cincuenta años, cada mañana y que el reloj que te acompañara con la hora durante tus días fuera un soborno político? ¿Cómo sería la situación del señor para que ese fuera su lujo? Recordó su niñez usando relojes de muñecos que ganaba en alguna piñata de cumpleaños y de nuevo entendió que él no estaba tan mal.
El recorrido fue acercándolo a su hogar temporal, así como a la aplastante ansiedad que lo acompañaba por momentos desde hacía cuatro semanas, cuando en un impulso y ataque de valentía había tomado sus cuatro maletas para aventurarse a buscar trabajo en la capital. No era el primer inmigrante que llegaba con el mismo sueño, ya se había dado cuenta que su especie allí abundaba. Pero Saturnino Flores estaba convencido que sería diferente para él. Tenía su astucia, su encanto antioqueño y la tenacidad de intentarlo hasta que fuera el fracaso, y no la falta de ganas, lo que lo devolviera a su país. No estaba preparado para lo costoso que sería, afortunadamente a sus veintidós otoños de vida contaba con cierto respaldo económico de sus padres y algunos ahorros para alguien de su edad.
Había empezado varios procesos, pero ninguno encajó completamente, ya fuera por la zona, el sueldo, o cualquier otro motivo. Y así fueron transcurriendo las semanas. Hasta ese día, ese lunes definitivo en que nuevamente la pieza no encajó y la respuesta fue otra negativa más. Bueno, al menos en ese caso la excusa no era otra vez su nacionalidad extranjera que no les permitía contratarlo. Ya después terminaría Saturnino Flores por darse cuenta que ese pequeño detallito del pasaporte iba a ser un obstáculo casi insalvable, pero no imposible.
La decepción de ese lunes llegó más abrumadoramente que los anteriores y en un impulso Saturnino Flores intentó comprar un vuelo de regreso a sus tierras Andinas. Mientras la lagrima solitaria que se atrevieron sus ojos a derramar, y sin pedirle a él ningún permiso, recorría la tersa y juvenil piel de su mejilla hacia la curva de su mandíbula y continuaba bajando por su clavícula hasta perderse en la tela que cubría su nuca; Saturnino Flores se contempló en ese tiempo y espacio.
Volteando su rostro al espejo que adornaba el cuarto de alquiler vio todas las oportunidades y sueños que había construido, todas sus utopías, derrumbarse bajo la negativa laboral. Ya no vería nunca más a la chica de amores efímeros ni contemplaría la realidad de que su relación sin compromisos no iba para ninguna parte. Ya no llevaría sus pertenencias a ese departamento que tanto le había gustado, ni saldría a correr por las tardes en sus parque aledaños. Ya no habría más miércoles de micrófono abierto en el Black Horse Bar, donde por ese día podría tocar tres de sus melodías tristes.
Años después, Saturnino Flores volvería en un sueño a ese momento, en ese primer cuarto que tuvo, en esa gran ciudad. La vida sí daba muchas vueltas, unas mejores que otras, pero había que aprender a amarlas. A amarnos, no se puede hacer más que dar lo mejor posible y confiar en el proceso.
Desde entonces, Saturnino Flores comprendió la verdadera apuesta de atreverse a inmigrar por un sueño y nunca más tuvo que luchar contra la sensación efímera de estar progresando. Errar era tan parte del camino como acertar e indiscutiblemente inevitable.
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Portafolio digital, arte y filosofía, Veronica Yepes Moreno.
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